martes, 21 de febrero de 2017

El tío Tugsteno - Oliver Sacks


Título: El tío Tugsteno
Autor: Oliver Sacks

Páginas: 360
 

Editorial: Anagrama 
 

Precio: 11,90 euros
 
Año de edición: 2007

Algunos colegas criticaban a Oliver Sacks, el gran divulgador médico autor de «Despertares», aduciendo que era mejor escritor que neurólogo. No sé si es cierto, pero lo que creo que sí es verdad es que es un estupendo narrador y en este libro sobre su infancia en el norte de Londres, lo demuestra con creces.

El texto arranca cuando el autor, nacido en una numerosa familia judía, tenía 4 años y acaba cuando llega a los 14. Su abuelo ruso tuvo nueve hijos y nueve hijas, imaginaos el número de primos que eso supone, así que la gran mansión familiar era en realidad la enorme choza en la que vívia el «clan Sacks», formado por una marabunta de tías, primos, hermanos... en alegre mezcolanza y algarabía.

Su padre era un gran nadador y un gran médico, por cierto nuestro hombre heredó ambas cosas, pero en la familia había otros médicos, además de quimicos, geologos, músicos... hasta formar un elenco impresionante que bien podría haber montado un museo de ciencia recreativa. No es extraño que el pequeño Oliver se aficionase primero a las matemáticas, luego a la Geología y por fín a su gran pasión durante muchos años: la Química.

El título alude a un tío fabricante de bombillas y enamorado del Tungsteno, hoy llamado Wolframio, que se emplea para hacer los filamentos de las lámparas por su elevado punto de fusion (3410 ºC), fervor que supo transmirle a su sobrino. Pero el libro está lleno además de anécdotas y hechos curiosos: antes se usaba el carbón vegetal contra los gases y había personas con la lengua negra; un director cruel puede convertirse en un montón de átomos o en un esqueleto; la horrible dieta de los internados ingleses basada en nabos suecos y remolachas forrajeras; una prueba irreutable de la inexistencia de Dios; la receta de los bollos de cemento; cómo en aquella época podía ser excomulgado un miembro de la familia por casarse con una gentil; que el padre auténtico de la Química fué Robert Boyle (1627-1671); cómo se abandonó la teoría del flogisto; que hubo poetas-quimicos; la invención y evolución de la Tabla periódica; la Historia de las cerillas; que realmente un pulpo puede ser un animal de compañía; que los calamares son de sangre azul; qué es el espintaroscopio, y muchas cosas más.

En fin es la narración amena y atractiva de la infancia de un niño inteligente y sensible, lector voraz y casi superdotado, que se dedicaba a hacer en su pequeño laboratorio experimentos de química recreativa desde su más tierna edad. El texto mezcla casi a partes iguales la historia de su niñez y su familia con un repaso divulgativo estupendo de la Historia de la Quimica. Con lo que se demuestra que este simpático médico judío no era de ciencias ni de letras, sino de las dos cosas a la vez, como Dios manda.
 
Un libro estupendo, que vuelve a demostrar lo fácilmente que los buenos médicos pueden convertirse en humanistas, llevados de la mano de su interés por las personas y la vida en general. La lista de ejemplos de médicos-escritores es larguísima y vale la pena disfrutarlos como se merecen. Oliver Sacks, por ejemplo, es de lo mejorcito y siempre deja en el lector la reconfortante sensación de haber estado hablando con un amigo.

Oliver Sacks (Londres, 1933-2015) es un escritor y neurólogo de prestigio afincado en Nueva Yorkdel que ya hemos hablado varias veces en este blog. Desde los años 90 se ha hecho conocido por el gran público gracias a que ha sabido publicar libros amenos, bien escritos y muy lúcidos sobre algunas de las dolencias que aquejan al ser humano: la encefalitis letárgica, el síndrome de Asperger, el de Tourette, el Parkinson o las agnosias. Todos sus libros son muy recomendables.

Estudió medicina en el Queen's College de Oxford y se hizo cirujano. A los 27 años se trasladó a Montreal (Canadá) y luego a EE. UU., donde se hizo neurólogo. Era homosexual y tan tímido que no tuvo pareja hasta que los 44 años. Se definía a sí mismo como «un viejo judío ateo».

Oliver Sacks

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

lunes, 20 de febrero de 2017

Número cero - Umberto Eco

                 
Título: Número cero
Autor: Umberto Eco

Páginas: 224
 
Editorial: Lumen 
 

Precio: 20,90 euros 

Año de edición: 2015 

«Los perdedores y los autodidactas siempre saben mucho más que los ganadores. Si quieres ganar tienes que concentrarte en un solo objetivo y no perder el tiempo en saber más. El placer de la erudición está reservado a los perdedores

El protagonista de esta novela es un hombre de unos 50 años, periodista en grado de tentativa, fracasado reiterativo, al que su exmujer califica de perdedor compulsivo, que firmaría la frase del inicio. Un antihéroe que es contratado como redactor jefe junto con otros seis periodistas de un nivel profesional parecido por el director de un periódico, Domani, con la finalidad de preparar el numero cero del periódico.  

En realidad, el proyecto es preparar sucesivos números cero que no están destinados a publicarse, sino que estarán llenos de información comprometedora sobre personajes públicos, dirigentes políticos, militares, eclesiásticos, empresarios, etc. y que servirán al propietario para intimidar y extorsionar a las clases dirigentes con la publicación de información sensible. La amenaza de su divulgación le serviría al propietario para favorecer sus negocios y sus intereses en los medios de comunicación y medrar en lo social y lo político. A la vez, el protagonista tiene que evitar cuidadosamente preparar cualquier noticia por relevante que sea, que sea contraria a los intereses y la imagen del commendatore/cavalieri  propietario del periódico.

En la plantilla hay un reportero paranoico, que en sus investigaciones ve siempre la mano de una conspiración internacional, de la CIA, el Vaticano, el general Perón…, que aparece en todos los acontecimientos relevantes que suceden en Italia desde el fin de la guerra; todos los sucesos importantes que ocurren en Italia (como atentados terroristas, la muerte de papa Luciani o el secuestro y asesinato de Aldo Moro) son episodios de una trama gigantesca que maneja el poder en Italia, según la interpretación desmadrada del periodista. 

«Número cero» es la séptima y última novela de Umberto Eco. Muy amena, fluida, de lectura muy agradable, es una sátira mordaz sobre el periodismo de investigación, la política y las peregrinas teorías conspirativas. Está llena de humor, ironía y mucha retranca (© Antonio): una parodia de las investigaciones periodísticas que, en los personajes de Eco, se hacen delirantes. 

Umberto Eco (Alessandria 1932 – Milán 2016) ha sido escritor, filósofo, ensayista y profesor universitario. Estudió Filosofía y Letras, trabajó como editor cultural en la RAI y fue profesor en las universidades de Turín, Florencia y Milán. Ha escrito crítica literaria y ensayos. A los 50 años inició su brillante andadura como novelista con «El  nombre de la rosa», con la que alcanzó fama internacional. También alcanzó gran éxito con «El péndulo de Foucault» y «El cementerio de Praga».

Su reconocimiento es universal, ha sido doctor honoris causa por 38 universidades. Fue caballero de la Legión de Honor francesa, caballero Gran Cruz de la Ordendel Merito italiana y premio Príncipe de Asturias de comunicación. También fue propuesto en varias ocasiones al Premio Nobel.

Umberto Eco

Publicado por John Smith.

domingo, 19 de febrero de 2017

La señorita Brill - Katherine Mansfield


Katherine Mansfield (Wellington, 1888-1923) fué una notable escritora neozelandesa, habitualmente encuadrada dentro del modernismo. Hija de un banquero, pronto supo lo que era el desamor porque su madre hubiese preferido tener un hijo y apenas si le prestaba atención. Violonchelista, bisexual, periodista, rebelde y tuberculosa, su corta vida no fue ni fácil ni feliz. Pero nos dejó varias novelas y una larga lista de relatos inteligentes, penetrantes y sensibles, escrito con una habilidad asombrosa para sugerir sin decir explícitamente. Como éste que os dejo aquí. Que lo disfrutéis. 


La señorita Brill 

Aunque hacía un tiempo maravilloso el azul del firmamento estaba salpicado de oro y grandes focos de luz como uvas blancas bañaban los Jardins Publiques. La señorita Brill se alegró de haber cogido las pieles. El aire permanecía inmóvil, pero cuando una abría la boca se notaba una ligera brisa helada, como el frío que nos llega de un vaso de agua helada antes de sorber, y de vez en cuando caía revoloteando una hoja -no se sabía de dónde, tal vez del cielo-. La señorita Brill levantó la mano y acarició la piel. ¡Qué suave maravilla! Era agradable volver a sentir su tacto. La había sacado de la caja aquella misma tarde, le había quitado las bolas de naftalina, la había cepillado bien y había devuelto la vida a los pálidos ojitos, frotándolos. ¡Ah, qué agradable era volverlos a ver espiándola desde el edredón rojo…! Pero el hociquito, hecho de una especie de pasta negra, no se conservaba demasiado bien. No acababa de ver cómo, pero debía haber recibido algún golpe. No importaba, con un poquito de lacre negro cuando llegase el momento, cuando fuese absolutamente necesario… ¡Ah, picarón! Sí, eso era lo que en verdad sentía. Un zorrito picarón que se mordía la cola junto a su oreja izquierda. Hubiera sido capaz de quitárselo, colocarlo sobre su falda y acariciarlo. Sentía un hormigueo en los brazos y las manos, aunque supuso que debía ser de caminar. Y cuando respiraba algo leve y triste -no, no era exactamente triste- algo delicado parecía moverse en su pecho. 

Aquella tarde había bastante gente paseando, bastante más que el domingo anterior. Y la orquesta sonaba más alegre y estruendosa. Había empezado la temporada. Y aunque la banda tocaba absolutamente todos los domingos, fuera de temporada nunca era lo mismo. Era como si tocasen sólo para un auditorio familiar; cuando no había extraños no les importabamucho cómo tocaban. ¿Y no iba el director con una levitanueva? Habría jurado que era nueva. Frotó los pies y levantó ambos brazos como un gallo a punto de cantar, y los músicos, sentados en el quiosco verde, hincharon los carrillos y atacaron la partitura. 

Ahora hubo un fragmento de flauta -¡hermosísimo!-, como una cadenita de refulgentes notas. Estaba segura de que se repetiría. Y se repitió; la señorita Brill levantó la cabeza y sonrió. 

Solo otras dos personas compartían su asiento «especial»: un anciano caballero con un abrigo de terciopelo, que apoyaba las manos en un enorme bastón tallado, y una robusta anciana, que se sentaba muy rígida, con un rollo de media sobre el delantal bordado. Pero no hablaban. Lo cual en cierto modo fue una desilusión, puesto que la señorita Brill siempre anhelaba un poco de conversación. Pensó que, en verdad, empezaba a tener bastante experiencia en escuchar haciendo ver que no escuchaba, en sentarse dentro de la vida de otra gente durante un instante, mientras los otros charlaban a su alrededor. 

Miró de reojo a la pareja de ancianos. Quizá pronto se fuesen. El último domingo tampoco había resultado tan interesante como de costumbre. Un inglés con su esposa, él con un horripilante panamá y ella con botines. Y la mujer se había pasado todo el rato insistiendo en que debería llevar gafas; diciendo que notaba que las necesitaba; pero que de nada servía hacerse unas porque estaba segura de que se le iban a romper y de que no se le sujetarían bien. Y su marido se había mostrado tan paciente. Le había sugerido de todo: montura de oro, del tipo que se sujeta a las orejas, unas pequeñas almohadillas dentro del puente… Pero no, nada la satisfacía. «Seguro que siempre me resbalarían por la nariz.» La señorita Brill le habría propinado una buena azotaina con muchísimo gusto. 

Los ancianos continuaban sentados en el banco, quietos como estatuas. No importaba, siempre había montones de gente a quien mirar. De un lado para otro, pasando frente a los arriates cuajados de flores, junto al templete de la orquesta, paseaban grupitos y parejas, se detenían a charlar, se saludaban, compraban un ramito de flores a un viejo pordiosero que tenía la canastilla colgada de la barandilla. Algunos niños corrían entre los grupos, empujándose y riendo; chiquillos con grandes lazos de seda blanca atados al cuello, y niñitas, muñequitas francesas, vestidas de terciopelo y puntillas. Y a veces algún pequeño que apenas caminaba aparecía tambaleándose entre los árboles, se detenía, miraba, y de pronto se dejaba caer sentado, ¡flop!, hasta que su mamaíta, calzada con altos tacones, corría a socorrerlo, como una clueca joven, regañándolo. Otros preferían sentarse en los bancos y en las sillas pintadas de verde, pero estos eran casi siempre los mismos un domingo tras otro y -tal como la señorita Brill había advertido a menudo- casi todos ellos tenían algún detalle curioso y divertido. Eran gente rara, silenciosa, en su mayoría ancianos y, por el modo como miraban, parecía que acabasen de salir de alguna habitacioncita oscura o incluso de… ¡de un armario! 

Detrás del quiosco se levantaban esbeltos árboles de hojas amarillentas que pendían hacia el suelo, y al fondo se divisaba el horizonte del mar, y más arriba el cielo azul con nubes veteadas de oro. 

¡Tum-tum-tum, ta-ta-tararí, pachín, pachum, ta-ti-tirirí, pim, pum!, tocaba la banda. 

Dos jovencitas vestidas de rojo pasaron junto a ella y fueron a encontrarse con dos soldados de uniforme azul, y juntos rieron, se emparejaron, y siguieron del brazo. Dos mujeres rollizas, con ridículos sombreros de paja, cruzaron con toda seriedad tirando de sendos borriquillos de hermoso pelaje gris ahumado. Una monja lívida y fría pasó apresuradamente. Una hermosísima mujer perdió su ramillete de violetas mientras se acercaba paseando, y un niñito corrió a devolvérselas, pero ella las tomó y las arrojó lejos, como si estuviesen envenenadas. ¡Vaya por Dios! ¡La señorita Brill no sabía si admirar o no aquel gesto! Y ahora se reunieron exactamente delante de ella una toca de armiño y un caballero vestido de gris. El hombre era alto, envarado, muy digno, y ella llevaba la toca de armiño que había comprado cuando tenía el pelo rubio. Pero ahora todo, el pelo, el rostro, los ojos, era del color de aquel ajado armiño, y su mano, enfundada en un guante varias veces lavado, subió hasta tocarse los labios, y era una patita amarillenta. ¡Oh, estaba tan contenta de volver a verlo… estaba encantada! Había tenido el presentimiento de que iba a encontrarlo aquella tarde. Describió dónde había estado: un poco por todas partes, aquí y allí, y en el mar. Hacía un día maravilloso, ¿no le parecía? ¿Y no le parecía que quizá podían…? Pero él negó con la cabeza, encendió un cigarrillo, y soltó despacio una gran bocanada de humo al rostro de ella, y mientras la mujer continuaba hablando y riendo, apagó la cerilla y siguió caminando. La toca de armiño se quedó sola; y sonrió aún con mayor alegría. Pero incluso la banda pareció adivinar sus sentimientos y se puso a tocar con mayor dulzura, suavemente, mientras el tambor redoblaba repitiendo: «¡Qué bruto! ¡Qué bruto!». ¿Qué iba a hacer? ¿Qué sucedería ahora? Pero mientras la señorita Brill se planteaba estas preguntas la toca de armiño se giró, levantó una mano, como si hubiese visto a algún conocido, a alguien mucho más agradable, por aquel lado, y se dirigió hacia allí. Y la banda volvió a cambiar de música y se puso a tocar a un ritmo más vivo, mucho más alegre, y el anciano matrimonio sentado al lado de la señorita Brill se levantó y desapareció, y un viejo divertidísimo con largas patillas que avanzaba al compás de la música estuvo a punto de caer al tropezar con cuatro muchachas que venían cogidas del brazo. 

¡Oh, qué fascinante era aquello! ¡Cómo le divertía sentarse allí! ¡Le agradaba tanto contemplarlo todo! Era como si estuviese en el teatro. Igualito que en el teatro. ¿Quién habría adivinado que el cielo del fondo no estaba pintado? Pero hasta que un perrito de color castaño pasó con un trotecillo solemne y luego se alejó lentamente, como un perro «teatral», como un perro amaestrado para el teatro, la señorita Brill no terminó de descubrir con exactitud qué era lo que hacía que todo fuese tan excitante. Todos se hallaban sobre un escenario. No era simplemente el público, la gente que miraba; no, también estaban actuando. Incluso ella tenía un papel, por eso acudía todos los domingos. No le cabía la menor duda de que si hubiese faltado algún día alguien habría advertido su ausencia; después de todo ella también era parte de aquella representación. ¡Qué raro que no se le hubiese ocurrido hasta entonces! Y, sin embargo, eso explicaba por qué tenía tanto interés en salir de casa siempre a la misma hora, todos los domingos, para no llegar tarde a la función, y también explicaba por qué tenía aquella sensación de rara timidez frente a sus alumnos de inglés, y no le gustaba contarles qué hacía durante las tardes de los domingos. ¡Ahora lo comprendía! La señorita Brill estuvo a punto de echarse a reír en alto. Iba al teatro. Pensó en aquel anciano caballero inválido a quien le leía en voz alta el periódico cuatro tardes por semana mientras él dormía apaciblemente en el jardín. Ya se había acostumbrado a ver su frágil cabeza descansando en el cojín de algodón, los ojos hundidos, la boca entreabierta y la nariz respingona. Si hubiese muerto habría tardado semanas en descubrirlo; y no le hubiera importado. ¡De pronto el anciano había comprendido que quien le leía el periódico era una actriz. «¡Una actriz!» Su vieja cabeza se incorporó; dos luceritos refulgieron en el fondo de sus pupilas. «Actriz…, usted es actriz, ¿verdad?», y la señorita Brill alisó el periódico como si fuese el libreto con su parte y respondió amablemente: «Sí, he sido actriz durante mucho tiempo».

La orquesta había hecho un intermedio, y ahora retomaba el programa. Las piezas que tocaban eran cálidas, soleadas, y, sin embargo, contenían un algo frío -¿qué podía ser?-; no, no era tristeza -algo que hacía que a una le entrasen ganas de cantar-. La melodía se elevaba más y más, brillaba la luz; y a la señorita Brill le pareció que dentro de unos instantes todos, toda la gente que se había congregado en el parque, se pondrían a cantar. Los jóvenes, los que reían mientras paseaban, empezarían primero, y luego les seguirían las voces de los hombres, resueltas y valientes. Y después ella, y los otros que ocupaban los bancos, también se sumarían con una especie de acompañamiento, con una leve melodía, algo que apenas se levantaría y volvería a dulcificarse, algo tan hermoso… emotivo… Los ojos de la señorita Brill se inundaron de lágrimas y contempló sonriente a los otros miembros de la compañía. «Sí, comprendemos, lo comprendemos», pensó, aunque no estaba segura de qué era lo que comprendían. 

Precisamente en aquel instante un muchacho y una chica tomaron asiento en el lugar que había ocupado el anciano matrimonio. Iban espléndidamente vestidos; estaban enamorados. El héroe y la heroína, naturalmente, que acababan de bajar del yate del padre de él. Y mientras continuaba cantando aquella inaudible melodía, mientras continuaba con su arrobada sonrisa, la señorita Brill se dispuso a escuchar. 

-No, ahora no -dijo la muchacha-. No, aquí no puedo.

-Pero ¿por qué? ¿No será por esa vieja estúpida que está sentada ahí? -preguntó el chico-. No sé para qué demonios viene aquí, si no la debe querer nadie. ¿Por qué no se quedará en su casa con esa cara de zoqueta? 

-Lo más di… divertido es esa piel -rió la muchacha-.Parece una pescadilla frita. 

-Bah, ¡déjala! -susurró el chico enojado-. Dime, ma petite chère… 

-No, aquí no -dijo ella-. Todavía no.

Camino de casa acostumbraba a comprar un trocito de pastel de miel en la pastelería. Era su extra de los domingos. A veces le tocaba un trocito con almendra, otras no. Aunque entre uno y otro existía una gran diferencia. Si tenía almendra era como volver a casa con un pequeño regalo -con una sorpresa-, con algo que habría podido dejar de estar allí perfectamente. Los domingos que le tocaba una almendra corría a su casa y ponía el agua a hervir precipitadamente. 

Pero hoy pasó por la pastelería sin entrar y subió la escalera de su casa, entró en el cuartucho oscuro -su aposento, que parecía un armario- y se sentó en el edredón rojo. Estuvo allí sentada durante largo rato. La caja de la que había sacado la piel todavía estaba sobre la cama. Desató rápidamente la tapa; y rápidamente, sin mirar, volvió a guardarla. Pero cuando volvió a colocar la tapa le pareció oír un ligero sollozo.

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

sábado, 18 de febrero de 2017

La leyenda del árbol de los gansos

Ilustración sobre el árbol de los gansos de un bestiario guardado en la Biblioteca  Británica

No cabe duda de que la realidad supera en ocasiones a la ficción. Hoy traemos aquí una de esas historias que parece inventadas, pero que son reales como la vida misma: la historia del árbol de los gansos.

En varios bestiarios de la Edad Media aparece dibujado un árbol maravilloso que en lugar de peras o manzanas, da gansos. Tal proliferación de referencias indica que, desde luego, había quién así lo creía.

 Árbol de las ocas, de cuyos frutos nacián ocas cuando caían al mar

Hasta tal punto, que el suizo Conrad Gessner (1516-1565), uno de los padres de a zoología, decidió investigarlo y llegó a la conclusión de que ¡era cierto!. El hombre vió cómo crecían percebes en trozos de troncos y ramas caidas al mar y creyó realmente que algunas especies de gansos, de los que no se encontraban nidos ni huevos por ser migratorias, surgían de la madera. En aquellos tiempos todavía se creía en la generación espontánea. El parecido entre el percebe de la madera y el pico de un ganso en miniatura acabó por redondear el malentendido.

Percebe de la madera
                  
Lepes anatífera

Barnacle geese

Y en los nombres científicos de las especies protagonistas de esta confusión permanece la huella de este equívoco increíble: el percebe de madera es en realidad el Lepes Anatífera (el que lleva los patos) y el ánade en cuestion se denomina Barnacle geese (barnacle es percebe en inglés).

¿Cómo es posible que un error de bulto se propagase de esa manera? Pues la respuesta parece ser que está en los monjes de algunos monasterios, centros del saber de la época, muy interesados en que existiera el árbol de los gansos para poder comer ganso en cuaresma con la coartada de que, en realidad, era una comida vegetal.

Parece que ése era el quid de la cuestión, porque el Papa Inocencio III prohibió explícitamente en el IV Concilio de Letrán (1215-1216) comer estos gansos en cuaresma, argumentando que a pesar de su origen arbóreo, vivían y se alimentaban como otros patos y había que considerar que eran de carne.

Increíble ¿verdad? Pero cierto. Para más información véase este enlace.

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

viernes, 17 de febrero de 2017

Cuentos de la Alhambra - Washington Irving


Título: Cuentos de la Alhambra
Autor: Washington Irving

Páginas: 296
 
Editorial: Espasa 
 
Precio: 11,90 euros
 
Año de edición: 2001 

Publicado en el año 1832, este libro de relatos refleja la particular relación que el autor tuvo con el palacio nazarí. Entre 1829 y 1831 fué secretario del consulado estadounidense en España, lo que le permitió viajar a Sevilla y Granada para consultar el Archivo General de Indias y varias bibliotecas con obras sobre el Nuevo Mundo. En Granada se le presentó la oportunidad de alojarse en la misma Alhambra, cosa que aprovechó inmediatamente. 

Consultó varias recopilaciones de leyendas árabes, escuchó historias antiguas sobre el monumento y sus habitantes en boca de su criado español, Mateo Jiménez, y con todo ese material, disfruand del privilegio de vivir en la Alhambra, escribió este libro que es en parte un volumen de relatos, un libro de viajes y un diario.

En él cuenta su viaje a Granada, describe cómo era la ciudad en aquellos años, sus gentes, su ambiente, sus costumbres y su historia. Menciona a varias personas que conoció e intercala en esa crónica una colección de leyendas e historias adornadas con detalles y añadidos de su propia cosecha hasta componer una obra de un encanto irresistible, típicamente romántica, llena de ensueño y misterio, claramente incluida por el orientalismo de la época y las «Las mil y una noches».

Son historias fascinantes, como la de Boabdil el chico, el último rey moro de Granada, la del astrólogo árabe que con su ciencia ayudó a derrotar a los cristianos, la de las tres hijas del rey moro encerradas en una torre, la del peregrino del amor o la del albañil afortunado.

Este es un libro muy especial para mí, porque tuve la suerte de vivir cuando era niño en Granada y tengo algunos recuerdos de aquella ciudad y su espléndido palacio. Uno de ellos, es que en una visita alguien, no recuerdo quién, me enseñó una mano y una llave grabadas en piedra en una de las puertas, la una en el arco exterior y la otra en el arco interior, mientras me contaba que hay una leyenda árabe que dice que el día que la mano se mueva y coja la llave, la Alhambra se destruirá. Después he sabido que aquélla es una zona de riesgo sisimico y allí no son raros los temblores de tierra.

Mano y llave grabadas en la Puerta de la Justicia

El otro es que en una visita ví a un niño gitano sentado en una sala en silencio (ahora supongo que se habría colado) que parecía estar esperando algo o a alguien. Le pregunté qué hacía allí tan callado y, mientras me indicaba silencio con el dedo, su rostro se iluminó con una sonrisa mientras justo en ese momento el sol atravesaba una filigrana calada en el estuco de uno de los muros que formaba un especie de rosetón y por los agujeros se colaban un manojo de rayos en paralelo que, con el polvo en suspensión, formaron un espectáculo indescriptible por encima de su cabeza. Fué un momento mágico.
 
Un ramillete de leyendas inolvidables, contadas con mucho oficio, en las que están encerrado el embrujo y todo el encanto misterioso de uno de los palacios más bellos del mundo. Un libro maravilloso, muy recomendable para echar a volar la imaginación. 

Washington Irving (Manhattan, 1785-1859) fué un gran escritor romántico estadounidense y un estupendo cuentista. Nació en la gran manzana cuando era todavía un pueblecito. Hijo de un rico comerciante escocés y una mujer inglesa, tuvo diez hermanos y recibió el nombre de Washington en honor de George Washington. Lector precoz y voraz, estudió derecho, pero con tan sólo 17 años comenzo a colaborar en varios diarios y pronto comenzó una carrera diplomática que le facilitó el poder dedicarse a sus dos grandes pasiones: viajar y escribir. 

Siendo un adolescente quedó tan hondamente impresionado por la muerte de su prometida que ya no volvió a pensar en la pareja y permaneció soltero toda su vida. Escribió una Historia de Nueva York que tuvo un gran éxito, vivió en Inglaterra, Holanda, Alemania, Francia, Italia y viajó tanto a España y le dedicó tanto tiempo que acabó por ser un gran hispanista. Fué el primer estadounidense que alcanzó éxito y fama como escritor. Murió en Nueva York y está enterrado en el cementerio del pueblo de Sleepy Hollow.

Washington Irving

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

jueves, 16 de febrero de 2017

Las aventuras de Sindbad el marino - René R. Khawam


Título: Las aventuras de Sindbad el marino
Autor: René R. Khawam

Páginas: 190

Editorial: Sirpus

Precio: 17,50 euros
 
Año de edición: 2002 

Hay algunos libros que leímos de niños, casi siempre en versiones abreviadas y adaptadas, y nos hicieron disfrutar de un mundo de fantasía e imaginación. Luego crecimos y no siempre nos hemos dado cuenta que detrás de aquellas historias había un clásico al que valía la pena volver ya de adulto, lleno de valores literarios y aspectos interesantes.

Uno de esos libros es «Las aventuras de Sindbad el marino» (antes se escribía Simbad) que, aunque se nos ha presentado tradicionalmente como parte de «Las mil y una noches» (otro clásico a revisitar) es en realidad una obra independiente que fué introducida en la historia de Sherezade arbitrariamente por un copista turco a principios del siglo XVII.

Como en el caso de Las aventuras de Sindbad el terrestre, el arabista sirio-francés Rene R. Khawam se ha encargado de traducir directamente los originales que se encuntran en la Biblioteca Nacional de Francia para publicar la versión canónica, la mejor diponble ahora mismo, que aquí tenemos traducida al español.

Esta obra legendaria parce que se ha formado por acumulación de estratos literarios a lo largo de los siglos. Se dice que una primera capa sería la «Historia del marinero náufrago» escrita en el Antiguo Egipto hacia el 2200 a. C. Luego se sumaron elementos de la «Odisea», como un cíclope, y probablemente multitud de historias de marinos árabes que viajaron hasta la India y más allá y volvieron contando todo tipo de fantasías.

El resultado es un texto amenísimo, que cuenta las peripecias del famoso marinero en siete viajes a cual más imaginativo y curioso. Está escrito según la mejor de las tradiciones cuentísticas árabes: hechos maravillosos que sorprenen al lector, mucha creatividad, relatos dentro de oros relatos, como cajas chinas o matrioskas, y un estilo ágil y con ritmo que se lee muy bien. Es un clásico que no resulta nada pesado. Un libro que estimula imaginación y resulta ideal para leerlo antes de dormir y tener sueños poblados de las más varias criatras, algunas maravillosas y otras terribles como el gigantesco pájaro Ruc (antes se trasliteraba como Roc).  

Polluelo de ave Ruc saliendo del huevo

Cabe preguntarse si tan extraordinaria ave es fruto de la imaginación o si algún marinero árabe tuvo oportunidad de ver al ave Moa, un gigante de unos 3 m de altura y 550 kg de peso que vivió en Madagascar hasta el siglo XVI. O quizás otra ave gigantesca endémica de alguna isla y hoy extinguida. El Moa es un ave corredora que no puede volar, pero la imaginación del viajero y la fantasía popular habrían heho el resto.

Reconstrución del Moa

En fin, un libro estupendo que es algo mas que un cuento para niños y al que vale la pena volver para pasar más de un buen rato.

Rene R. Khawam (Alepo, 1917-2004), nacido sirio y nacionalizado francés, es uno de los mejores arabistas europeos. Nació en una familia cristiana de origen caucásico. Estudió francés en el colegio de los maristas y en 1947 emigró a Francia como profesor de esa lengua. 

Ha realizado numerosas traducciones del árabe y es famosa su versión de «Las mil y una noches». Su especialidad es conservar el ritmo original de los versos y las frases árabes. En 1996 recibió el Gran Premio Nacional de las Letras por el conjunto de su obra.

René W. Khawam

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Finnegans Wake - James Joyce


Título: Finnegans Wake 
Autor: James Joyce

Páginas: 640

Editorial: Cuenco de plata

Precio: 33 euros
 
Año de edición: 2016 

Hace algunos años conseguí leer el «Ulises» de Joyce (en otra ocasión contaré la experiencia) y creía que ya había logrado el gran reto, acabar el libro más experimental y difícil, el Everest de la literatura. Pero no era así, no era  consicente de que el mismo autor había escrito otra novela aún más atrevida e innovadora, en la que invirtió 17 años de trabajo. Resulta que era sólo el K2 y me quedaba por conquistar una montaña de letras más empinada todavía. 

Escrita entre 1922 y 1939, en París y publicada sólo dos años antes de su muerte, es una novela cómica y curiosamente circular, porque acaba igual que empieza, la primera frase es el final de la última, en una escena que describe el velatorio de Finnegan, un albañil muerto en un accidente de trabajo que resucita al caer encima del cadáver unas gotas de whisky. El título tiene su punto, porque Finnegans Wake quiere decir «el velatorio de Finnegan», pero también «el despertar de Finnegan», y si queréis que os lo resuma, os puedo decir que el albañil renace como un tal Humphrey Chimpden Earwicker (HCE) y a partir de ahí se cuentan una serie de líos entre los miembros de la familia Earwicker. 

Tengo que confesar que he ascendido este ochomil legendario con oxígeno, es decir con la ayuda del resumen que se encuentra en esta entrada de la Wikipedia. El método consiste en leer primero el argumento de cada capítulo antes de hincarle el diente, para no perder el hilo demasiado durante la lectura. 

A pesar de eso, este texto es alucinante y más de una vez me ha entrado la risa floja y he acabado tronchándome de mí mismo porque no me estaba enterando de nada. Es un libro duro de leer de verdad, un verdadero galimatías que utiliza palabras de otros idiomas, juegos de palabras multilingües, calambures (auto matizado), mezcla varios términos en uno (adulescencia, adolescencia y adular; purpular, popular y púrpura; nacesorio, necesario y naciente), altera la separación entra palabras para formar otras nuevas (unaparte, quenel, aldul cehog arvoy), usa el monólogo interior, por supuesto, y está lleno de alusiones literarias, asociaciones libres, latines, onomatopeyas, en fin, que no sigue absolutamente ninguna regla. Véase como muestra dos fragmentos de los que mejor se entienden: 

«... guerrean amando, aman riendo, ríen llorando, lloran oliendo, huelen sonriendo, sonríen odiando, odian pensando, piensan sintiendo, sienten tentando, tientan osando, osan esperando, esperan tomando, toman agradeciendo, agradecen buscando,,,» 

«La compostura corporal de Shem, parece, incluía una azuela de calavera, un octavo de ojalondra, rotoda una nariz, un brazo tullido manga arriba, cuarentidós pelos de su incorona, dieciocho de su labio postizo, un trío de barbeles de su mentón megageg (hijo de somorrana)...» 

No quiero ni pensar cómo corregía las pruebas de imprenta. Como véis, un verdadero lío que he sufrido como he podido, a ratos disfrutando cuando he encontrado un remanso de belleza, malabarismos que se podían entender o fragmentos en los que las frases tenían un ritmo y una melodía estupendos. Muchas veces me he perdido, me he cansado, lo he dejado para leer algo más fácil y luego he vuelto, he hecho lectura rápida de los capítulos más ininteligibles...me ha llevado más de un mes a tiempo parcial, pero al final me lo he acabado. 

No había traducción al español completa, solo algunos fragmentos, un resumen y el primer capítulo, hasta que al argentino Marcelo Zabaloy se le ocurrió darse el gustazo de traducirlo al castellano, en un texto sin notas a pié de página, después de haber hecho lo mismo con el Ulises. Zabaloy, un exinstalador de redes informáticas de 59 años, ajeno al mundo literario y autodidacta, ha invertido siete años, que me parecen pocos, los tres últimos a tiempo completo, buscando equivalentes en castellano a este texto mítico y durísimo de roer de más de 250 000 palabras. 

Para ello se ha ayudado de las 14 000 notas que escribió Joyce intentando explicar su libro, a la vez que lo iba escribiendo, y la base de datos de más de 84 000 notas que han escrito críticos y estudiosos tratando de aclarar el texto. Académicos y especialistas han alabado la traducción y la verdad, es que me parece una heroicidad. Para más información sobre la traducción, léase esta entrevista.

El libro más arriesgado, oscuro y dificil de uno de los genios que más jugó con el lenguaje, un texto muy duro y difícil de leer, pero que también resulta curiosísimo conocer. Un reto para cualquier tragalibros que se precie. Acabarlo supone ingresar en un selecto club, como el de los que han dado la vuelta al mundo en solitario, han coronado el Everest o han pisado el Polo Norte. Si os gusta de verdad leer, vale la pena, al menos una vez en la vida abrir el «Finnegans Wake», empezar a leer y ver qué pasa.

Marcelo Zabaloy, un monstruo

James Joyce (Dublín, 1882-1941) fué un escritor irlandés, aclamado como uno de los mejores y más influyentes novelistas del siglo XX. Innovador, original y atrevido, es el paradigma del escritor de vanguardia que rompe con toda la tradición, crea formas completamente nuevas, adelanta a todos por la derecha, demuestra un dominio del lenguaje asombroso y además, resulta que gusta lo que hace. Un genio.

Nació en una familia muy católica de clase media y diez hermanos. Estudió en los jesuitas y luego en el University College de Dublín inglés, francés e italiano. Fué un estudiante muy brillante, pero introvertido y difícil, y un lector precoz, atento y ávido. En 1903 se instaló en París para estudiar Medicina, pero la ruina de la familia y la enfermedad de su madre le hicieron volver a Dublín. Sobrevivió ejerciendo varios oficios, cantando, ya que era un consumado tenor, y bebiendo desaforadamente.

Deambuló por Zúrich, Pula, Trieste, Roma como profesor de idiomas. En 1914 publicó su primer libro importante, «Dublineses», un volumen de relatos y en 1922 su gran obra, el «Ulises», después de cerca de 14 años trabajando en él, una obra que nada más publicarse fué acogida con entusiasmo como una obra maestra por la crítica y los escritores de la época.

Su mujer pensaba de él que era un borracho maniático y un desastre que no valía para nada. Nunca supo que estaba casada con uno de los grandes genios de la literatura. 

James Joyce

Publicado por Antonio F. Rodríguez.